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14 de junio de 2013
19 de octubre de 2012
Las flores de Imogen
Fundación Mapfre
Sala Azca, Madrid
Hasta el 20 de enero
Cuentan que un marchante de arte contemporáneo vio las fotos de Cunningham en una feria y quiso conocer a la autora; cual fue su sorpresa cuando se enteró de que la persona que había tomado esas fotografías había nacido en el siglo XIX.
Esa misma sensación de contemporaneidad es la que nos asalta al contemplar las fotografías de la muestra, sobre todo las de naturaleza o paisaje. Sin embargo es inevitable que sus retratos nos transporten a una época. Cunningham fotografió a un gran número de artistas y protagonistas de la escena cultural del siglo XX; Gary Cooper, Frida Kahlo y Gertrude Stein entre otros, tras forjarse un prestigio al retratar a personajes de la alta sociedad.
Quizá sea este medio camino entre la atemporalidad y a la vez el reflejo de una época lo que convierten a Imogen Cunningham en una fotógrafa única y digna de admiración, con una historia atipica y una trayectoria deslumbrante. Su carrera evolucionó a la par que los descubrimientos fotográficos, de los que fue sacando partido. A los 63 años de edad se interesó por lo que hoy conocemos como fotografía callejera, y que ella denominó "fotografías robadas" y que practicó en Nueva York con la recién inventada Rolleiflex.
Cuando visité la exposición, me impactó la calidad técnica de las fotografías (siempre me suelo fijar en este aspecto, ya que hoy en día tiende a no valorarse en absoluto), la nitidez y sobre todo los puntos de vista y los ángulos desde los que están tomados las fotografías. También resalta el paralelismo que se puede establecer entre sus imágenes de flores y plantas, y las de danza; el cuerpo humano y el cuerpo vegetal son fotografiados con la misma pasión.
Una de las series que más me gustó fue la de las flores. Las fotos de plantas me suelen dejar indiferente, o al menos no suelen superar el placer de contemplarlas en vivo, sin embargo las de Cunningham tienen mucha fuerza y parece que recuerdan a cosas que no proceden del mundo vegetal. Aloe me recordó, por ejemplo al edificio de la Ópera de Sydney (del arquitecto danés Jorn Uzton).
Otras fotografías me recordaron a las coreografías de Busby Berkeley en los musicales de los años 30.
Merece la pena tanto acercarse a la exposición, en la que también se encuentran algunas de las cámaras de la fotógrafa, como revisar el archivo fotográfico del Imogen Cunningham Trust.
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De arriba a abajo y de izquierda a derecha:
- Aloe, 1925 + Ópera de Sydney de Jorn Uzton, 1958
- Blossom of Protea, 1935 + Gold Diggers de Busby Berkeley, 1933
- Arauja Seed Pod, 1940 + Footlight Parade de Busby Berkeley, 1933
- Magnolia Blossom, tower of Jewels, 1925
- Magnolia Bud, 1920s
- Rubber Plant, 1929
Fotografías de Imogen Cunningham © The Imogen Cunningham Trust
15 de julio de 2012
11 fotos de...

Es increíble cuanto influye en la percepción de una ciudad el tiempo que haga cuando la visitamos. Hay ciudades que siempre recordaremos grises y oscuras porque nos cayó un diluvio, otras nos disgustarán por el calorazo y otras las amaremos eternamente por una temperatura suave y una luz idónea (y por supuesto por una agradable compañía).
22 de octubre de 2011
Un mes en Lieja
Llevo poco más de un mes en Lieja. Parece como si hubiera sido solo una semana en la que he hecho miles de cosas. Desde que he llegado he ido a la Ópera, al cine, a dos festivales y a unos cuantos conciertos... He viajado a Ámsterdam, Lovaina, Gante y Bruselas. He conocido gente de muchas nacionalidades diferentes, entre ellas algunas de las que nunca había conocido a nadie. He practicado ChiBall, he asistido a una conferencia de Bill Viola, he trabajado como voluntaria en un festival. He comido frites, moules y gaufres, pero también tortilla de patata y jamón serrano.
Y esto parece ser solo el comienzo...
Lieja es una ciudad pequeña, pero llena de vida. Tiene rincones con encanto y barrios bonitos. Tiene una Feria de Octubre que dura hasta Noviembre. Tiene un mercado de 3 km todos los domingos, donde venden gallinas, huevos y pollos asados, tomates, fresas y conejos gigantes. Tiene un mercadillo de segunda mano todos los viernes que comienza a las 4 de la mañana. Tiene un cine donde ponen películas clásicas. Y por supuesto, tiene Le Carré, que según los propios Liégeois, "c'est spécial". Cuatro calles peatonales y empedradas en las que se concentra la gran parte de bares de fiesta de la ciudad; donde puedes encontrar ambiente y música para todos los gustos (incluido un bar donde es probable que pongan dos canciones de Bob Dylan seguidas...)
Durante los diez meses que pasaré aquí, estoy siguiendo el proyecto fotográfico "Un día una foto", en el que comparto una foto cada día. Estuve dudando, pero parece ser que no era una buena idea abrir un blog erasmus, ya que el tiempo para dedicarle es limitado...y esta es mi solución creativa al dilema. Échadle un vistazo, espero que os guste.
10 de octubre de 2010
I ♥ Polaroid
O De la vida después de una muerte anunciada

Me sentía culpable por mi anterior post. Sentía la imperiosa necesidad de confesar mi amor por las obsoletas, absurdas y hoy por hoy, inútiles polaroids. Una especie de exorcismo público después de haber hecho una suerte de crítica a las polas y a los guays.
Por otro lado, existen (que yo sepa) dos métodos para tomar polaroids digitales: Poladroid y Pola.

Poladroid fue el primero que conocí, antes incluso de comprar películas instantáneas para la Polaroid que heredé de mi madre. El programa consiste en una cámara que se aloja en tu escritorio, cuando escoges la imagen a "poladroizar" hace el mismo sonido que la Polaroid "de verdad" y la imagen se va creando poco a poco, también como las clásicas. Es genial, por que no solo te crea un resultado tan bonito como las polaroids (y enfocadas!), sino que además puedes tomar parte en el proceso..
Luego descubrí Pola, el supuestamente original sistema de "poladroizar", ideado por Manuel Barzi. Pero no me cautivó tanto (aunque la cámara del interfaz es mucho más bonita que la de Poladroid), entre otras cosas porque no puedes tener el programita en tu escritorio (?), la robótica voz que anuncia que tu pola ha sido creada no pega nada con el mundo-pola...
Con esto y todo, me declaro fan de las polaroids, polas y poladroids; irremediablemente digital y sentimentalmente analógica. Y con estas declaraciones, termino mi exorcismo.
A continuación les propongo una prueba: ¿quién me puede decir cuáles de estas imágenes son Polaroids y cuáles Poladroids?

Vale, sí, se nota.

Me sentía culpable por mi anterior post. Sentía la imperiosa necesidad de confesar mi amor por las obsoletas, absurdas y hoy por hoy, inútiles polaroids. Una especie de exorcismo público después de haber hecho una suerte de crítica a las polas y a los guays.
Por otro lado, existen (que yo sepa) dos métodos para tomar polaroids digitales: Poladroid y Pola.

Poladroid fue el primero que conocí, antes incluso de comprar películas instantáneas para la Polaroid que heredé de mi madre. El programa consiste en una cámara que se aloja en tu escritorio, cuando escoges la imagen a "poladroizar" hace el mismo sonido que la Polaroid "de verdad" y la imagen se va creando poco a poco, también como las clásicas. Es genial, por que no solo te crea un resultado tan bonito como las polaroids (y enfocadas!), sino que además puedes tomar parte en el proceso..
Luego descubrí Pola, el supuestamente original sistema de "poladroizar", ideado por Manuel Barzi. Pero no me cautivó tanto (aunque la cámara del interfaz es mucho más bonita que la de Poladroid), entre otras cosas porque no puedes tener el programita en tu escritorio (?), la robótica voz que anuncia que tu pola ha sido creada no pega nada con el mundo-pola...
Con esto y todo, me declaro fan de las polaroids, polas y poladroids; irremediablemente digital y sentimentalmente analógica. Y con estas declaraciones, termino mi exorcismo.
A continuación les propongo una prueba: ¿quién me puede decir cuáles de estas imágenes son Polaroids y cuáles Poladroids?

Vale, sí, se nota.
10 de julio de 2009
Annie Leibovitz en Madrid
“Tiene que abandonar la sala”. Una monótona voz de ciborg me acompañó hasta la puerta sin cambiar su respuesta ante mis réplicas. Mi visita a la exposición terminó por hacer fotos a las fotos de Annie Leibovitz. Ya saben lo que opino de la prohibición de hacer fotos en museos y salas de exposiciones: me parece la estupidez elevada al absurdo. Ante un cuadro del siglo XV podría entender tal postura si un experto me explicara que una foto sin flash daña la superficie de la pintura, ante una tienda que vendiera postales con reproducciones perfectas de las obras expuestas en una sala, entendería también el afán recaudatorio, pero ante unas fotos enmarcadas con cristal (y sin tienda) no hay motivo que valga. ¿Plagio? ¿Quién puede plagiar a Annie Leibovitz? Se trata de captar el ambiente, la persona que se acerca a contemplar ese detalle tan conseguido, la gente que transita ante la mirada quieta de los retratados. Si lo pueden hacer los medios acreditados, porque no yo.
En este caso lo peor no fue el motivo, sino la falta de motivos. Pasar la cámara por un escáner y que nadie te diga que no puedes hacer fotos, no ver carteles de prohibición, observar a la mitad de la sala hacer fotos y que nadie te diga porqué no puedes hacerlas. En cualquier caso, el ciborg llegó tardé; el daño irreversible para la superficie del metacrilato ya estaba hecho.

La exposición en su conjunto me decepcionó: colas interminables y salas abarrotadas de gente. Reflejos de luces muy mal situadas que impedían una visión perfecta de las fotos. Un panfleto carente de diseño y una colocación de las obras sin orden ni concierto. Un desorden nunca cuestionado y frecuente en las actividades culturales organizadas por la Comunidad de Madrid. Dicho queda.
Otra cosa bien distinta son las fotos de Annie Leibovitz, en concreto sus retratos, que me atrevería a definir como perfectos, por su encuadre y su composición, su contraste y sus luces y sombras, por su estridente color o su serio blanco y negro. Me quedo con los retratos de Robert De Niro y Al Pacino, dos grandes actores y mafiosos de película, retratados por separado pero cuyas fotos forman un evidente díptico. En el mismo estudio y con la misma vestimenta a medio camino entre familia Corleone y Scotland Yard.
Y mi otra preferida: el retrato de Johnny Cash. En el porche de su casa de Tennesse, donde aparece junto a June Carter y sus hijas, como un padre americano más.
También es graciosa la foto que capta un momento supuestamente improvisado en casa de Patti Smith; sus dos hijos parecen haber calculado expresamente como quieren salir en la foto; el uno con su guitarra y el otro con su gatito, mientras su madre, resignada, descansa en el sofá.

En general me han gustado las fotos; los retratos, todos; del resto de fotos me decepcionó encontrar un par de fotos malas. Supongo que para ella significan algo, y esta es su exposición; “Vida de una fotógrafa” la han titulado. Pero ese enorme díptico de un liquen desenfocado en blanco y negro... La gente me mira llevándose las manos a la cabeza cuando comento a mis acompañantes que la foto del liquen me parece muy mala. Pero que sea de Annie Leibovitz no quiere decir que tenga que ser buena. En una entrevista, la fotógrafa decía que se contentaba con hacer cinco fotos buenas al año. Para ella las mejores no son las de Brad Pitt o las que realiza por encargo para las mejores revistas de moda del mundo. Sino tal vez las que muestran a sus padres levantándose de la cama un domingo, o las de aquel liquen que encontró en un paseo con sus hijos por el campo. Quién sabe.
Su faceta como reportera me ha sorprendido. Hay una estupenda instantánea de la administración Bush, un retrato de familia en el despacho oval, donde parece que podamos ver el interior de las mentes de cada uno de los personajes, estratégicamente colocados.

Actores, cineastas, políticos, familiares, amigos, Susan Sontag, bailarines, paisajes, cantantes. Todos han querido ser vistos por ella. Ella que ve, a través de su cámara, mejor que los demás. Ella, cuyos disparos pasarán a la eternidad.
Imprescindible.
En la Sala Alcalá 31 hasta el 6 de Septiembre
Más sobre PhotoEspaña
En este caso lo peor no fue el motivo, sino la falta de motivos. Pasar la cámara por un escáner y que nadie te diga que no puedes hacer fotos, no ver carteles de prohibición, observar a la mitad de la sala hacer fotos y que nadie te diga porqué no puedes hacerlas. En cualquier caso, el ciborg llegó tardé; el daño irreversible para la superficie del metacrilato ya estaba hecho.
La exposición en su conjunto me decepcionó: colas interminables y salas abarrotadas de gente. Reflejos de luces muy mal situadas que impedían una visión perfecta de las fotos. Un panfleto carente de diseño y una colocación de las obras sin orden ni concierto. Un desorden nunca cuestionado y frecuente en las actividades culturales organizadas por la Comunidad de Madrid. Dicho queda.
Otra cosa bien distinta son las fotos de Annie Leibovitz, en concreto sus retratos, que me atrevería a definir como perfectos, por su encuadre y su composición, su contraste y sus luces y sombras, por su estridente color o su serio blanco y negro. Me quedo con los retratos de Robert De Niro y Al Pacino, dos grandes actores y mafiosos de película, retratados por separado pero cuyas fotos forman un evidente díptico. En el mismo estudio y con la misma vestimenta a medio camino entre familia Corleone y Scotland Yard.
Y mi otra preferida: el retrato de Johnny Cash. En el porche de su casa de Tennesse, donde aparece junto a June Carter y sus hijas, como un padre americano más.
También es graciosa la foto que capta un momento supuestamente improvisado en casa de Patti Smith; sus dos hijos parecen haber calculado expresamente como quieren salir en la foto; el uno con su guitarra y el otro con su gatito, mientras su madre, resignada, descansa en el sofá.
En general me han gustado las fotos; los retratos, todos; del resto de fotos me decepcionó encontrar un par de fotos malas. Supongo que para ella significan algo, y esta es su exposición; “Vida de una fotógrafa” la han titulado. Pero ese enorme díptico de un liquen desenfocado en blanco y negro... La gente me mira llevándose las manos a la cabeza cuando comento a mis acompañantes que la foto del liquen me parece muy mala. Pero que sea de Annie Leibovitz no quiere decir que tenga que ser buena. En una entrevista, la fotógrafa decía que se contentaba con hacer cinco fotos buenas al año. Para ella las mejores no son las de Brad Pitt o las que realiza por encargo para las mejores revistas de moda del mundo. Sino tal vez las que muestran a sus padres levantándose de la cama un domingo, o las de aquel liquen que encontró en un paseo con sus hijos por el campo. Quién sabe.
Su faceta como reportera me ha sorprendido. Hay una estupenda instantánea de la administración Bush, un retrato de familia en el despacho oval, donde parece que podamos ver el interior de las mentes de cada uno de los personajes, estratégicamente colocados.
Actores, cineastas, políticos, familiares, amigos, Susan Sontag, bailarines, paisajes, cantantes. Todos han querido ser vistos por ella. Ella que ve, a través de su cámara, mejor que los demás. Ella, cuyos disparos pasarán a la eternidad.
Imprescindible.
En la Sala Alcalá 31 hasta el 6 de Septiembre
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15 de enero de 2009
Ocho mil doscientas fotos a Las Meninas
Está en boca de todos. El Arte (o una mílesima parte de este) estará a partir de ahora más accesible, y mejor. ¡Qué maravilla! San Google y el Museo del Prado se han puesto de acuerdo para que el deficiente ojo humano no tenga excusa para dejar de contemplar el más mínimo detalle. Catorce son las obras elegidas; si se queda con ganas de más, visite el Museo del Prado, alquile una audioguía y compre el catálogo.

El director del Prado ha dicho que los grandes maestros se quedarían horrorizados de ver sus artimañas pictóricas al descubierto, pero parece que todos estuvieran preparados para un acontecimiento como este. Cuando retocamos con Photoshop una imagen que vamos a entregar en baja resolución, ponemos menos cuidado en los detalles minúsculos. Velázquez, Rubens y Goya, eran sin duda alumnos aventajados que no utilizaban estos truquillos.
¿Lo mejor? Las escenas inferiores de La Anunciación de Fray Angélico y por supuesto El Jardín de las Delicias, interesante de explorar, con o sin Google.

Ah, y me olvidaba del detalle crítico. Para cada obra han hecho 8.200 fotos según El País, y 16.000 según El Mundo (ni en eso se ponen de acuerdo), con cámaras, flashes, focos y demás parafernalia que nos prohíben al resto de mortales. Claro que Google es Santo.
Así que la próxima vez que un bedel amargado me diga que no se pueden hacer fotos en el Museo del Prado, le diré que una más no va a hacer daño.
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