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19 de octubre de 2012

Las flores de Imogen












Fundación Mapfre
Sala Azca, Madrid
Hasta el 20 de enero

Cuentan que un marchante de arte contemporáneo vio las fotos de Cunningham en una feria y quiso conocer a la autora; cual fue su sorpresa cuando se enteró de que la persona que había tomado esas fotografías había nacido en el siglo XIX.
Esa misma sensación de contemporaneidad es la que nos asalta al contemplar las fotografías de la muestra, sobre todo las de naturaleza o paisaje. Sin embargo es inevitable que sus retratos nos transporten a una época. Cunningham fotografió a un gran número de artistas y protagonistas de la escena cultural del siglo XX; Gary Cooper, Frida Kahlo y Gertrude Stein entre otros, tras forjarse un prestigio al retratar a personajes de la alta sociedad.

Quizá sea este medio camino entre la atemporalidad y a la vez el reflejo de una época lo que convierten a Imogen Cunningham en una fotógrafa única y digna de admiración, con una historia atipica y una trayectoria deslumbrante. Su carrera evolucionó a la par que los descubrimientos fotográficos, de los que fue sacando partido. A los 63 años de edad se interesó por lo que hoy conocemos como fotografía callejera, y que ella denominó "fotografías robadas" y que practicó en Nueva York con la recién inventada Rolleiflex.

Cuando visité la exposición, me impactó la calidad técnica de las fotografías (siempre me suelo fijar en este aspecto, ya que hoy en día tiende a no valorarse en absoluto), la nitidez y sobre todo los puntos de vista y los ángulos desde los que están tomados las fotografías. También resalta el paralelismo que se puede establecer entre sus imágenes de flores y plantas, y las de danza; el cuerpo humano y el cuerpo vegetal son fotografiados con la misma pasión.

Una de las series que más me gustó fue la de las flores. Las fotos de plantas me suelen dejar indiferente, o al menos no suelen superar el placer de contemplarlas en vivo, sin embargo las de Cunningham tienen mucha fuerza y parece que recuerdan a cosas que no proceden del mundo vegetal. Aloe me recordó, por ejemplo al edificio de la Ópera de Sydney (del arquitecto danés Jorn Uzton).



















Otras fotografías me recordaron a las coreografías de Busby Berkeley en los musicales de los años 30.


 Otras reflejan una gran sexualidad, algo qué biológicamente resulta muy adecuado.









Merece la pena tanto acercarse a la exposición, en la que también se encuentran algunas de las cámaras de la fotógrafa, como revisar el archivo fotográfico del Imogen Cunningham Trust.

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De arriba a abajo y de izquierda a derecha:
  • Aloe, 1925 + Ópera de Sydney de Jorn Uzton, 1958
  • Blossom of Protea, 1935 + Gold Diggers de Busby Berkeley, 1933
  • Arauja Seed Pod, 1940 + Footlight Parade de Busby Berkeley, 1933
  • Magnolia Blossom, tower of Jewels, 1925
  • Magnolia Bud, 1920s
  • Rubber Plant, 1929
Fotografías de Imogen Cunningham © The Imogen Cunningham Trust 


31 de marzo de 2011

Peter Beste y el True Norwegian Black Metal


Hoy he estado en la exposición True Norwegian Black Metal, sita en Cuervo Store, Madrid (y prorrogada hasta el 30 de Abril). Allí se encuentra una muestra de las 150 fotos que el norteamericano Peter Beste realizó a lo largo de seis años sobre la escena del black metal noruego.




Las fotografías resultan de un gran atractivo debido a dos factores importantes: por un lado el glacial paisaje nórdico, y por otro la conseguida y estudiada estética de los blackers.
Además, se aprecia en ellas una notable influencia de la fotografía callejera en la que está bien curtido su autor.
Beste apuesta por composiciones tan sencillas como efectivas, en las que prima el contenido sobre la técnica, y en las que lo primordial es captar el momento (como él mismo explica en esta entrevista que concedió a El País con motivo de la inauguración).
En su página web están todos sus trabajos; en concreto me han encantado las series Rural Scandinavia y London Grime.
También muy en la línea de esta exposición, la fantásticas fotos para una promo de Immortal.




La mayoría de las fotos están en Internet, pero merece la pena acercarse a Cuervo Store (C/ Velarde, 13) para verlas puestas en los marcos vintage o colgadas de vigas de madera. El local es sumamente acogedor (y pequeño), puedes sentarte en el sofá de piel marrón y pensar que estás en tu luminoso apartamento de Malasaña.


Ah, y también tienen unas camisetas muy bonitas.

17 de octubre de 2009

Corazonada Mondragón

Para Khazum (ya hablaremos de Obama)

La estrofa de una canción de La Orquesta Mondragón me sirve para ilustrar la única corazonada que ha podido tener Madrid con su candidatura a las Olimpiadas de 2016:

"Corazón, corazón, corazón de cemento
Corazón, corazón, corazón de hormigón
Corazón, corazón, enfermo de polución"


Madrid 2016. Un proyecto abocado al fracaso desde el principio, por aquello de la norma no escrita que dice que no se celebran las olimpiadas dos veces consecutivas en el mismo continente. Una escusa para tener la ciudad abierta y mantener la ilusión de la gente. Una empresa populista en la que sus propios artífices dejaron de creer mucho antes de la derrota.
Sin duda, lo de los madrileños con Gallardón es grave. Y como él lo sabe, lo exprime al máximo: termina sus candidaturas con las ciudades limpias y las obras terminadas, y tras ser reelegido, nos sume en la deuda pública y nos impide recorrer Madrid con tranquilidad. Callao, Plaza de España, Ópera, Serrano... aquí ya es dificil distinguir la gris contaminación del polvillo parduzco de las obras.
Y no nos alegra pensar en lo bonito que va a quedar todo cuando los trabajos terminen, porque ya estamos pensando en los próximos que vendrán.

"La ciudad donde vivo ha crecido
de espaldas al cielo
la ciudad donde vivo es el mapa
de la soledad
al que llega le da un caramelo
con el veneno de la ansiedad"


13 de septiembre de 2009

Estimados Clientes

Una carta al director en un periódico de tirada nacional mencionaba con estupor el cambio de vocabulario desde la megafonía del metro de Madrid.

A mí también me chocó que un día cualquiera la pareja de locutores dejara de llamarme usuario para llamarme cliente. Enseguida pensé que alguien habría de haber ideado tal ocurrencia en las reuniones de innovación del metro de Madrid. Sin embargo no se me ocurrió el motivo de tal idea, puesto que fuera cual fuera el beneficio, sus consecuencias económicas son a todas luces negativas: hay que volver a grabar todos los anuncios de megafonía con los sueldos y energía que eso supone. Y todo para crear algo que ya estaba bien, una nomenclatura en la que seguramente ningún “usuario” recaía, pero que a fuerza de cambiarla ha captado nuestra atención.
Los motivos son una incógnita. Somos clientes y usuarios también. Pero la primera hace hincapié en el precio que pagamos y la segunda en el servicio que utilizamos.

Para unos usuarios quemados por la subida constante de los precios de los abonos transporte, la creación de suplementos al viajero por aquí y por allá, la poca duración del abono joven, etc, etc... escuchar constantemente la palabra que remarca el precio que gastamos en un transporte que además de dinero nos cuesta tener media ciudad levantada, cortes constantes para su mejora y mantenimiento y algún que otro susto con la seguridad privada que supuestamente nos protege, no parece lo más adecuado.

El metro de Madrid es uno de los mejores de Europa, eso sin dudarlo. Pero su gestión peca de populista, sus mejoras van encaminadas más a la propaganda para Comités olímpicos y otras actividades que se precien, que para garantizar un transporte fiable y eficaz a los ciudadanos de Madrid.

Cada día el metro se va pareciendo más a un lugar controlado por un Gran Hermano (o hermana). Con pantallas que profieren mensajes de realimentación de los partidos que lo mantienen, de cuyo sonido no puedes escapar en sus pasillos subterráneos ni bajo sus techos acorazados. Los anuncios invaden poco a poco todos los rincones, pero también los mensajes cariñosos (“ojalá pudiéramos realizar las obras sin que se notara”, “hemos escogido estas fechas porque son las de menor tránsito de viajeros”...) que desde arriba nos envían para que cada vez que esquivemos un socavón o veamos nuestros pies de verano recubiertos por una masa de polvo y suciedad, recordemos que todo es por nuestro bien.

10 de julio de 2009

Annie Leibovitz en Madrid

“Tiene que abandonar la sala”. Una monótona voz de ciborg me acompañó hasta la puerta sin cambiar su respuesta ante mis réplicas. Mi visita a la exposición terminó por hacer fotos a las fotos de Annie Leibovitz. Ya saben lo que opino de la prohibición de hacer fotos en museos y salas de exposiciones: me parece la estupidez elevada al absurdo. Ante un cuadro del siglo XV podría entender tal postura si un experto me explicara que una foto sin flash daña la superficie de la pintura, ante una tienda que vendiera postales con reproducciones perfectas de las obras expuestas en una sala, entendería también el afán recaudatorio, pero ante unas fotos enmarcadas con cristal (y sin tienda) no hay motivo que valga. ¿Plagio? ¿Quién puede plagiar a Annie Leibovitz? Se trata de captar el ambiente, la persona que se acerca a contemplar ese detalle tan conseguido, la gente que transita ante la mirada quieta de los retratados. Si lo pueden hacer los medios acreditados, porque no yo.
En este caso lo peor no fue el motivo, sino la falta de motivos. Pasar la cámara por un escáner y que nadie te diga que no puedes hacer fotos, no ver carteles de prohibición, observar a la mitad de la sala hacer fotos y que nadie te diga porqué no puedes hacerlas. En cualquier caso, el ciborg llegó tardé; el daño irreversible para la superficie del metacrilato ya estaba hecho.


La exposición en su conjunto me decepcionó: colas interminables y salas abarrotadas de gente. Reflejos de luces muy mal situadas que impedían una visión perfecta de las fotos. Un panfleto carente de diseño y una colocación de las obras sin orden ni concierto. Un desorden nunca cuestionado y frecuente en las actividades culturales organizadas por la Comunidad de Madrid. Dicho queda.

Otra cosa bien distinta son las fotos de Annie Leibovitz, en concreto sus retratos, que me atrevería a definir como perfectos, por su encuadre y su composición, su contraste y sus luces y sombras, por su estridente color o su serio blanco y negro. Me quedo con los retratos de Robert De Niro y Al Pacino, dos grandes actores y mafiosos de película, retratados por separado pero cuyas fotos forman un evidente díptico. En el mismo estudio y con la misma vestimenta a medio camino entre familia Corleone y Scotland Yard.
Y mi otra preferida: el retrato de Johnny Cash. En el porche de su casa de Tennesse, donde aparece junto a June Carter y sus hijas, como un padre americano más.
También es graciosa la foto que capta un momento supuestamente improvisado en casa de Patti Smith; sus dos hijos parecen haber calculado expresamente como quieren salir en la foto; el uno con su guitarra y el otro con su gatito, mientras su madre, resignada, descansa en el sofá.


En general me han gustado las fotos; los retratos, todos; del resto de fotos me decepcionó encontrar un par de fotos malas. Supongo que para ella significan algo, y esta es su exposición; “Vida de una fotógrafa” la han titulado. Pero ese enorme díptico de un liquen desenfocado en blanco y negro... La gente me mira llevándose las manos a la cabeza cuando comento a mis acompañantes que la foto del liquen me parece muy mala. Pero que sea de Annie Leibovitz no quiere decir que tenga que ser buena. En una entrevista, la fotógrafa decía que se contentaba con hacer cinco fotos buenas al año. Para ella las mejores no son las de Brad Pitt o las que realiza por encargo para las mejores revistas de moda del mundo. Sino tal vez las que muestran a sus padres levantándose de la cama un domingo, o las de aquel liquen que encontró en un paseo con sus hijos por el campo. Quién sabe.

Su faceta como reportera me ha sorprendido. Hay una estupenda instantánea de la administración Bush, un retrato de familia en el despacho oval, donde parece que podamos ver el interior de las mentes de cada uno de los personajes, estratégicamente colocados.


Actores, cineastas, políticos, familiares, amigos, Susan Sontag, bailarines, paisajes, cantantes. Todos han querido ser vistos por ella. Ella que ve, a través de su cámara, mejor que los demás. Ella, cuyos disparos pasarán a la eternidad.

Imprescindible.

En la Sala Alcalá 31 hasta el 6 de Septiembre
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15 de mayo de 2009

Juan Muñoz. Retrospectiva



Un foco proyecta la sombra de una escultura antropomórfica en una pared blanca. La sombra es del tamaño de una persona real. La escultura es muy pequeña para parecer una persona de verdad. Situándonos estratégicamente podemos acariciar la cabeza de la escultura o dar golpecitos en ella. Pero no se alarmen, solo estamos jugando con su sombra.
Esta obra representa el espíritu de toda la Muestra, las características de todas las obras que componen la Retrospectiva de Juan Muñoz que hace menos de un mes aterrizó por fin en Madrid. El tamaño de sus figuras, irreal pero a la vez sombra de lo humano; la combinación de lo clásico con lo nuevo, de la escultura con lo audiovisual, de la materia con el espacio. Y la interactuación; las obras se terminan cuando el público las observa y siente, e incluso responde.



Miedo, angustia, incertidumbre. Esos son los sentimientos que afloran cuando uno entra en el Reina Sofía y se encuentra a dos hombres colgados del techo, con los pies muertos y los dedos de las manos inmóviles en rigor mortis al final del pasillo. Gracias a dios, la dictadura de los patios cerrados ha terminado y podemos salir a tomar el aire bajo el móvil de Calder. En el patio hay cuatro obras de Muñoz, presumiblemente las más fotografiadas, similares y casi indescifrables. Las obras del patio pertenecen a una colección particular. Que vacío se debe haber quedado el jardín multimillonario de su dueño estos últimos meses, con su humilde decoración paseándose por la Tate, el Gugghenheim y el Reina.
A lo largo del recorrido me voy fijando en la procedencia de las obras; la mayoría pertenecen a colecciones privadas y asumo que sus dueños tienen pesadillas.



Da la sensación de que las obras que componen está Retrospectiva están esparcidas por el Museo de manera aleatoria, para que el visitante se tope con ellas sin previo aviso. Y esto es lo que recomiendo, que se olviden mapas y recorridos, y se pasee sin más por el Museo.
Avanzando por el pasillo exterior de la tercera planta nos vamos encontrando con una serie de puertas, que no sabemos si atravesar. En parte por la sombra de un guardia jurado que nos persigue porque ha creído oír el sonido del obturador de una cámara. En parte por el respeto que imponen las instalaciones de Muñoz, de las que el espacio diáfano forma parte; en las que el suelo y el techo enmarcan la obra. Con precaución, el visitante asoma la cabeza por la abertura de la puerta para encontrarse en total soledad con una escultura humanoide, demasiado pequeña en una habitación demasiado grande; demasiado bajita para un techo demasiado alto. Debe ser la única sala en la que, aún sin estar bloqueada por un cordón granate, nadie ha entrado todavía.

Por la siguiente puerta accedemos a la sobrecogedora visión de una diáfana habitación blanca llena de hombrecitos de una estatura que ni pequeña ni normal, de rasgos achinados y muy sonrientes. Tan sonrientes que a uno le dan ganas de llorar. Allí están esos muñecos que no sabes si están interactuando entre ellos o con el público, restringido, que los visita de diez en diez.

Pero sin duda lo más angustioso, por inesperado, son las esculturas que hablan. Mueven la boca, despacio, como si quisieran decirnos algo, a nosotros, al psiquiatra, al confesor o a la pared. Pero como si su voz no pudiera subir el volumen o como si no quisieran que se enterara nadie más.

No permanezcan mucho tiempo en las salas; agradezcan el frío metal de Julio González en la otra gran exposición que comparte espacio y tiempo con la de Muñoz, pero no duden en dejarse caer por allí, porque de verdad merece la pena.



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Juan Muñoz. Retrospectiva.
Hasta el 31 de Agosto en el Reina Sofía.